📖 Daily Scripture
Monday, June 22, 2026 — Monday of the Twelfth Week in Ordinary Time
Readings: 2 Kings 17:5-8, 13-15a, 18 • Psalm 60:3, 4-5, 12-13 • Matthew 7:1-5
There is a particular blindness that the soul scarcely notices in itself, for it is a blindness turned outward. It fixes its gaze keenly upon the failings of others while remaining wholly unaware of the obstruction lodged in its own sight. Today the Lord names this affliction with startling plainness, bidding the soul to cease its restless judging, and warning that the very measure it metes to others shall be measured back to itself. He does not forbid the love that corrects, nor the truth that heals; He forbids only that we should presume to clear the splinter from a brother's eye while a wooden beam lies undisturbed in our own.
The history set before us in the fall of Samaria is, in its way, the same lesson written across a nation. Israel had been warned by every prophet and seer to give up its evil ways and keep the commandments, yet it would not look inward; stiff-necked and forgetful, it rejected the covenant and venerated the gods of the nations, until at last it was carried away into exile. A people that will not examine itself is led off captive by the very disorders it refused to see. What befell the kingdom befalls the soul in miniature: whenever we are swift to indict the world and slow to question ourselves, we are already half in exile, estranged from the God who alone can rally us. The psalmist's cry, that God would help us with His right hand and answer us, is the cry of one who has at last turned his eyes homeward.
The Fathers understood that the cure begins not with severity toward others but with honesty toward oneself. Chrysostom observed that each one knows better the things of himself than the things of others, and so counselled that it behoves you first diligently to examine how great may be your own sins, and then try those of your neighbour. Augustine, pressing further, taught that only having removed from our own eye the beam of envy, of malice, or hypocrisy, we shall see clearly. The disorder, then, is not chiefly in the eyes but in the heart; what blinds us to our own condition is precisely the appetite to condemn another's.
Here the Church gives the soul a discipline both gentle and exacting. She warns that one becomes guilty of rash judgment who, even tacitly, assumes as true, without sufficient foundation, the moral fault of a neighbor, and she enjoins instead that everyone should be careful to interpret insofar as possible his neighbor's thoughts, words, and deeds in a favorable way. Yet charity toward the neighbour is not the whole of it; there must also be that inward turning which the Church calls a radical reorientation of our whole life, a return, a conversion to God with all our heart. To remove the beam is nothing less than to repent.
And this is no counsel of despair, as though the soul were condemned to a perpetual and joyless scrutiny of its faults. The end of self-knowledge is not self-torment but clearer sight, and clearer sight is the beginning of mercy. When at last the soul has looked honestly within and let the door of mercy open, it learns to look upon others as God looks upon us — not seeing irredeemable errors, but children who have stumbled and may yet rise. The very measure we once feared is then transfigured, for the mercy we extend becomes the mercy we receive. To set down the beam is to be set free, and to see clearly is, in the end, to love.
Lord, teach me to turn my gaze inward before I presume to weigh another, and grant me the courage to name my own faults without falling into despair. Remove from within me the beam of pride and the restless appetite to condemn, that I may see clearly and love as You love. Let the mercy I receive from Your hand become the mercy I show to all whom I meet. Through Christ our Lord. Amen.
Sources & References
- “Stop judging, that you may not be judged” and the splinter and the wooden beam — Gospel, Matthew 7:1-5.
- “Give up your evil ways and keep my commandments” — First Reading, 2 Kings 17.
- “Help us with your right hand, O Lord, and answer us” — Responsorial Psalm, Psalm 60.
- St. John Chrysostom on examining one's own sins first — Catena Aurea.
- St. Augustine on removing the beam of envy, malice, or hypocrisy — Catena Aurea.
- Rash judgment — Catechism of the Catholic Church, 2477.
- Interpreting the neighbor's words and deeds favorably — Catechism of the Catholic Church, 2478.
- A radical reorientation of our whole life, a conversion to God — Catechism of the Catholic Church, 1431.
- Pope Francis, Angelus, 27 February 2022, on looking at others as Jesus does.
📖 Lectura del día
Lunes 22 de junio de 2026 — Lunes de la duodécima semana del Tiempo Ordinario
Lecturas: 2 Reyes 17,5-8.13-15a.18 • Salmo 60,3.4-5.12-13 • Mateo 7,1-5
Hay una ceguera particular que el alma apenas advierte en sí misma, pues es una ceguera vuelta hacia afuera. Fija su mirada con agudeza en las faltas de los demás mientras permanece del todo ajena al obstáculo alojado en su propia vista. Hoy el Señor nombra esta dolencia con sorprendente llaneza, mandando al alma que cese su inquieto juzgar, y advirtiendo que con la misma medida con que mida a los demás se le medirá a ella. No prohíbe el amor que corrige, ni la verdad que sana; prohíbe sólo que presumamos de sacar la mota del ojo del hermano mientras una viga de madera yace intacta en el nuestro.
La historia que se nos pone delante en la caída de Samaría es, a su manera, la misma lección escrita sobre una nación. Israel había sido advertido por todo profeta y vidente para que dejara sus malos caminos y guardara los mandamientos, mas no quiso mirar hacia adentro; de dura cerviz y olvidadizo, rechazó la alianza y veneró a los dioses de las naciones, hasta que al fin fue llevado al destierro. Un pueblo que no se examina a sí mismo es llevado cautivo por los mismos desórdenes que rehusó ver. Lo que sucedió al reino sucede al alma en pequeño: cada vez que somos prontos para acusar al mundo y lentos para interrogarnos, ya estamos medio en el destierro, separados del Dios que es el único que puede reunirnos. El clamor del salmista, de que Dios nos socorra con su diestra y nos responda, es el clamor de quien al fin ha vuelto los ojos hacia casa.
Los Padres comprendieron que la cura comienza no con la severidad hacia los demás sino con la honestidad hacia uno mismo. Crisóstomo observó que cada uno conoce mejor lo suyo que lo ajeno, y por eso aconsejó que conviene examinar primero con diligencia cuán grandes pueden ser tus propios pecados, y luego juzgar los del prójimo. Agustín, llevándolo más lejos, enseñó que sólo habiendo quitado de nuestro propio ojo la viga de la envidia, de la malicia o de la hipocresía, veremos con claridad. El desorden, entonces, no está principalmente en los ojos sino en el corazón; lo que nos ciega a nuestra propia condición es precisamente el apetito de condenar la del otro.
Aquí la Iglesia da al alma una disciplina a la vez suave y exigente. Advierte que se hace reo de juicio temerario quien, aun tácitamente, da por verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral del prójimo, y manda en cambio que cada uno procure interpretar en sentido favorable, en cuanto sea posible, los pensamientos, las palabras y las obras del prójimo. Mas la caridad hacia el prójimo no lo es todo; ha de haber también ese volverse interior que la Iglesia llama una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo el corazón. Quitar la viga no es nada menos que arrepentirse.
Y esto no es un consejo de desesperación, como si el alma estuviera condenada a un perpetuo y triste escrutinio de sus faltas. El fin del conocimiento propio no es el tormento de uno mismo sino una vista más clara, y una vista más clara es el principio de la misericordia. Cuando al fin el alma ha mirado honestamente dentro de sí y ha dejado abrirse la puerta de la misericordia, aprende a mirar a los demás como Dios nos mira: no viendo errores irredimibles, sino hijos que han tropezado y aún pueden levantarse. La misma medida que antes temíamos queda entonces transfigurada, pues la misericordia que damos se vuelve la misericordia que recibimos. Dejar la viga es quedar libre, y ver con claridad es, al fin, amar.
Señor, enséñame a volver mi mirada hacia adentro antes de presumir de pesar a otro, y concédeme el valor de nombrar mis propias faltas sin caer en la desesperación. Quita de dentro de mí la viga del orgullo y el inquieto apetito de condenar, para que vea con claridad y ame como tú amas. Que la misericordia que recibo de tu mano se vuelva la misericordia que muestro a todos los que encuentro. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Fuentes y referencias
- «No juzguéis, para que no seáis juzgados»; la mota y la viga — Evangelio, Mateo 7,1-5.
- «Dejad vuestros malos caminos y guardad mis mandamientos»; la deportación de Israel a Asiria — Primera lectura, 2 Reyes 17.
- «Socórrenos con tu diestra, Señor, y respóndenos» — Salmo responsorial, Salmo 60.
- «Cada uno conoce mejor lo suyo que lo ajeno»; «conviene examinar primero cuán grandes son tus propios pecados, y luego los del prójimo» — San Juan Crisóstomo (Catena Aurea).
- «Habiendo quitado de nuestro propio ojo la viga de la envidia, de la malicia o de la hipocresía, veremos con claridad» — San Agustín (Catena Aurea).
- Es reo de juicio temerario quien, aun tácitamente, da por verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral del prójimo — Catecismo de la Iglesia Católica, 2477.
- Cada uno procure interpretar en sentido favorable, en cuanto sea posible, los pensamientos, palabras y obras del prójimo — Catecismo de la Iglesia Católica, 2478.
- Una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo el corazón — Catecismo de la Iglesia Católica, 1431.
- «Jesús nos invita a mirar a los demás como él… no ve errores irredimibles, sino hijos que se equivocan» — Papa Francisco, Ángelus, 27 de febrero de 2022.